EL AMOR DE MI VIDA

 





Siempre supe que el amor de mi vida iba a ser ese hombre que ha de amarme así como soy, de manera absoluta, gramo por gramo, centímetro por centímetro, poro por poro, adorando mis defectos, idealizando mis sueños e inspirándome a convertirlos en realidad. Alguien que no desea cambiar nada de mí.


Ese hombre que al mirarme sonríe, como si yo fuera lo mejor que le ha pasado en la vida, y que mi humillada figura, mis complejos y mis temores en sus manos se convierten algo pasajero.


Siempre soñé con conocer a alguien especial y divino, he de confesar que nunca etiqueto a mis fantasías con géneros sexuales. Puede ser un hombre, una mujer, un perro, un pato. El amor es amor sin cabida para diferencias (amor sin fines sexuales), el sexo sin amor es sólo un momento y la gente como yo busca eternidades, estamos cansados de instantes fugaces.


Después de un tiempo, la diversión, las pocas fiestas a las que he asistido, las personas que he conocido esporádicamente y las camas en las que he pasado fragmentos de noches ha dejado de ser importante e incluso necesario. No estoy convirtiéndome en la tía amargada de la que todos hablan (y nadie se coge), es sólo que quiero que mi vida deje de ser un camino deshabitado.


Solía soñar con un fuerte abrazo durante un frío atardecer de noviembre, llenándome de calor cuando la vida me mostró su peor rostro. Soñé con verme en sus ojos, saberme lleno y complementado en un alma ajena. Soñaba con una casa blanca a la orilla del mar mientras él y yo yacemos sentados en sillas mecedoras, contemplando el amanecer, con nuestras mascotas recostadas cerca de nosotros.


Mientras me hago viejo, he colisionado con la realidad. La fría, despiadada y eventualmente letal realidad. No existe el príncipe azul y las princesas solamente esperan especímenes humanos imposiblemente perfectos. En un mundo donde se mata por placer, no hay lugar para la belleza. Y esa belleza me ha atormentado. Me pregunto ¿soy bello? Y cuando comienzo a sentirme bien bajo mi piel y me siento con ánimos para salir y vivir mi vida, decido aceptar las súplicas de mis amigas y accedo a ir a una cita a ciegas. Me siento en una incómoda silla de Starbucks. No pido nada porque prefiero esperar al misterioso (y anhelado) ignoto. Aún no oigo el eco de campanas de boda en mi cabeza pero me atrevo a tener pequeños sueños de amor con él. Después de media hora, miro la hora en mi teléfono. Él está retrasado por más de treinta minutos. Sonrío a una pareja que está en la mesa vecina. Lo último que quiero es que piensen que me dejaron plantado y sólo espero que ésta persona esté bien y que el motivo por el cual se ha demorado no sea nada grave. El mesero viene a mí preguntando si deseo ordenar algo. Muerdo mi labio fuertemente, la incomodidad y la vergüenza me aprietan las tripas. Sé que estoy ocupando una mesa que podría servirle a alguien más, alguien que sí fue a la cafetería a consumir y no a esperar, mierda me siento como un usurpador de mesas en Starbucks. Me levanto entonces y me dirijo a uno de los empleados y pido resignadamente un frapuchino, Miro de nuevo la hora y súbitamente una idea aporrea mi cráneo de manera brutal.


Estoy seguro que la persona a la cual iba a conocer, entró al establecimiento, me vio y huyó despavorido. Solamente así justifico mi patética situación. Y sólo así doy cabida a las aves de rapiña para que hagan de mi agonizante autoestima su carroña predilecta. Miro a mi alrededor, hay parejas por doquier y siento como si el mundo conspirara en mi contra, como si cupido se hubiera ensañado conmigo y está por ahí armando parejas, ignorándome accidentalmente a propósito. En mi estomago explotan la soledad y la desesperación cansada de existir y de luchar. ¿Cómo mierdas me metí en esto? ¿Qué pasó por mi cabeza cuando decidí aceptar conocer a alguien que no le interesó conocerme?


Largos minutos han transcurrido. Bebo mi café, me regaño a mí mismo por no haber traído a cuestas mi laptop y un libro. Quizá así luciría como un (no lo suficiente) joven empresario trabajando en su computadora, como alguien a quien le vale madres el universo y no como yo, alguien triste, gris, patético intentando ocultar la cabeza en el suelo como lo haría una agraviada avestruz.


Me levanto de mi asiento lo más dignamente posible, sonrío a los rostros borrosos que me observan. Salgo a la avenida y respiro profundamente. Pretendo que me iré envuelto en mi exhalación y me desvaneceré. Alguien tan enorme como yo debería de ser tragado por el mar pero el único mar que veo es el de los autos aglomerados en el tráfico del boulevard.


Camino por tantas calles, escucho música en mis audífonos, estoy en mi mundo inmerso en mi dolor. ¿Por qué me duele tanto el rechazo de alguien que no sé si existe? ¿Por qué estoy haciéndome preguntas? Llego al centro de la ciudad y al dar vuelta en un callejón me encuentro con mi ex en brazos de su actual pareja. Están mirándose como un par de imbéciles enamorados, uno le acaricia la palma de la mano al otro. Diablos, él no me ha visto. Miro alrededor y trato de escapar sigilosamente sin embargo él menciona mi nombre.


El mundo se termina de desmoronar.


“Hola” digo. Trago saliva, siento mis orejas y mis mejillas calentarse. El nuevo novio me mira de pies a cabeza. Sé que sabe que sé quién es él, y sé que él sabe quien soy yo. Sabemos más de lo que deberíamos y no existe lobotomía que pueda borrar los momentos dolorosamente incómodos así que elegimos fingir un tipo de amabilidad que huele a guerra.


Me acerco a ambos, le extiendo la mano al extraño y nos saludamos. Miro a mi ex, sonríe y por un instante pienso que está feliz de verme haciéndome creer que se ha arrepentido de tan absurda decisión. Quizá después de todo si soy el amor de su vida.


Él me saluda apretujando mi mano con la suya. Después me abraza y dice “Chingada madre, nos saludamos como si nunca nos hubiéramos conocido. Dame un abrazo ¿Cómo estás?”


Después de su última palabra soy un montón de células apiladas añorando el amor, su amor. Los viejos fuegos se encienden en mí mitigando el frío que sentí en el Starbucks.


“Te presento a Diego. Mi presente y quizá mi futuro…” dice Alejandro buscando los ojos de Diego, generando la sensación de un inminente estallido de sorpresa y felicidad.


“¿Qué quieres decir?” pregunta Diego.


“¿Quieres casarte conmigo? Ya podemos hacerlo legalmente. Te amo.”


Los miro darse un abrazo y un beso en la boca, asquerosamente francés. Asquerosamente no en mis labios. Río con ellos y por ellos. No estoy complacido ni remotamente entusiasmado por su futuro matrimonio. De hecho quiero que tiemble en la ciudad y que se abra la acera y que la tierra se los trague y me lleve con ellos. Quiero morir.


Me despido y camino rápidamente. Me pongo los audífonos y mis gafas oscuras. Presiono mis dientes enfundados en mis labios. Al alejarme de ellos, lloro. Me dejo ir en un delicioso y desolado llanto. Quiero gritar pero no tengo fuerzas para hacerlo. Prefiero reservar lo que queda de mi energía para tomar un taxi y llegar a casa pero no quiero que mi madre y mis hermanos me vean así. Notarán la hinchazón y el rojo en mis ojos. Harán preguntas y yo terminaré estallando en rabia y lágrimas. No deseo más drama.


Me espero un rato en una plaza, me siento en una banca y termina de caer la noche sobre y al rededor de mí. Me aferro a las aplicaciones de mi teléfono para sobrevivir un poco. Instagram, Twitter, Facebook… No hay alivio pero si le tomo una foto a la gente, a las luces de la ciudad, a la noche y lo publico con un bonito filtro los demás pensarán que estoy vivo y feliz. Y aunque soy lo opuesto, miento para descarnar mi melancolía.


A las diez de la noche llego a mi casa. Todos están en la habitación de mi madre viendo al nuevo y casi recién llegado integrante de la familia.


Me escondo en mi habitación. Enciendo la música y dejo que el ruido retumbe entre mis paredes. Limpio un poco bajo la cama y me rindo inmediatamente. Si soy polvo y al polvo volveré ¿para qué limpiarlo ahorita?


Una hora después me llama mi amiga que pactó por mí la accidentada cita a ciegas (tal vez todas las citas son a ciegas, somos ciegos y cuando vemos, sólo vemos lo que deseamos). Su voz es temblorosa, sé que quiere decirme algo pero no se atreve así que tendré que darle una “suave” sugerencia. ¡Habla maldita sea!


“Amigo, estoy con Jorge. Me pide que te haga saber que lamenta mucho no haber podido llegar al Starbucks.” Dice ella, tan ingenua y tan enternecedora.


“Amiga, sé que estuvo ahí pero me vio. Tú me conoces bien. Yo puedo tolerar la lactosa pero jamás a los pendejos y sé lo que soy y en qué estado estoy. Si para sus ojos no soy agradable, es asunto de él, no mío. Me ahorra sufrimientos futuros.” Digo intentando no atragantarme con el coraje acumulado en mi garganta.


“No es así. Él no pudo llegar…” intenta proferir una cura vana pero la interrumpo.


“No es la primera vez que me pasa, al menos los otros se acercaron a mí y me rechazaron frente a frente. Éste no tuvo el valor pero seguro aprenderé algo de éste día. No te preocupes.” Sonrío hipócritamente.


“No. Lo que pasa… es que… su padre murió al medio día y ahorita… de hecho… estoy aquí en la funeraria… con mi novio, él y su familia…” se rompe en llanto.


Mierda. Soy una mierda. Termino intempestivamente la llamada. Soy lo suficientemente cobarde como para seguir siendo despiadado cuando sé que ya la cagué. Me siento triste por él, por su padre… Me siento triste, me recuesto y muy en el fondo me siento aliviado. No me rechazó. No me dejó ahí esperando eternamente. Suspiro. Pero entonces me no puedo evitar una pregunta que rebota entre mis neuronas… ¿Por qué te amas tan poco? ¿Por qué te odias tanto?


Desdoblo toda la ropa en mi armario. La doblo lentamente, tomo mi tiempo, ocupo mi mente en tareas banales tratando de escapar de mi consciencia. Cuando estoy un poco más tranquilo me percato de un inmenso espejo que mi madre (sé que sólo ella podría hacerlo) colocó en una de las paredes de mi cuarto. Me pongo de pie y me acerco al espejo, miro las orillas, miro todo lo que refleja excepto mi propio reflejo. Me tengo tanto miedo. Me desconozco en lo que veo.


En la mañana escribí un Tweet: “Tú eres el amor de tu vida”…


Carajo. Qué falso, qué hipócrita, qué falaz, qué cretino soy. Escribo palabras de aliento cuando yo estoy desinflado. Cuando me aborrezco. No creo en nada de lo que digo. Soy un mitómano emocional. Escribí semejante estupidez porque estaba emocionado por mi cita. Para la noche, después de haber sido atropellado por la realidad de las cosas, mis creencias son diametralmente otras. Me siento desértico, soy un ateo sentimental.


¿Cómo podría yo ser el amor de mi vida? Nada en mí me agrada. No me gusto, no me haría el amor jamás ¿o sí? El cinismo y la desesperanza en mi sistema le han impedido a mis ojos ver claramente.


Los días han pasado. No he vuelto a hablar con mi amiga (estoy evadiéndola hasta ahora exitosamente) y he dejado de escuchar canciones que hablan de amor. Veo el mundo como algo contaminado y condenado a la extinción. Amo a mis mascotas y vuelco mis horas y mi corazón en ellos. Antes de dormir reviso la bandeja de entrada de mi correo electrónico y veo que está esperando por ser leído un mail de mi amiga. El asunto dice en mayúsculas “CITA A CIEGAS – LA CONTINUACIÓN?” sonrío de ironía y apago mi teléfono. No puedo creer que mi amiga quiere continuar con ésta tortura o que Jorge quiere conocerme. ¿Cómo puedo presentarme ante un desconocido y fingir que soy feliz y que me siento como pez en el agua en mi propio cuerpo? No me atrae la idea de compartir mi frustración y amargura. Lo último que necesita una autoestima herida es un curita que tarde o temprano terminará por desprenderse.


Si voy a curar mis heridas, tengo que hacerlo en crudo, en carne viva, zurciendo lo herido y limpiando lo dañado.


Ya no me molesta saber que Alejandro, aquel que amé y me amó tanto, ahora va a casarse con su musculoso nuevo novio. No me molesta haberme sentido tan irremediablemente solo en la cafetería. No me perturba el espejo en mi habitación.


Lo miro. Miro mi reflejo. Me miro. Soy como un libro. Intento pasar a la primera página pero no puedo. Me detengo. Salgo de mi habitación y me voy a la calle. Le llamo a mi amiga y le pregunto por Jorge. Dice que él quiere conocerme. Encajono mi vergüenza y le pido que le diga que estoy en el mismo Starbucks esperando. Que es ahora o nunca (para desesperaciones extremas, medidas aún más desesperadas).


Después de una hora y dos frapuchinos. Llega Jorge. No lo conozco pero él ya sabe quién soy o al menos eso cree (eso es lo que pasa cuando te conviertes en una perra de reality show, aparentemente todo el mundo piensa que te conoce cuando lo más sardónico y honesto es que tú no te conoces a ti mismo) y me regala una sonrisa.


Me levanto y le doy la mano. Lo abrazo suavemente y nos sentamos. No decimos nada por un minuto que se asemeja más a un año.


“Irigayo… Irigoyi…” intenta pronunciar mi apellido con sus rosados y carnosos labios. Su bigote me fascina pero saber que no puede pronunciar mi apellido me molesta.


“Irigoyen” digo, exasperado.


Él ya notó que nuestra cita es el equivalente del hundimiento del Titanic.


“Hay mucho ruido aquí. Deberíamos…”


Lo interrumpo y en un suspiro digo/suplico/propongo: “¿Quieres ir a un hotel?”


“¿Podemos?” pregunta con un asomo de asombro en sus ojos.


“Siempre.” Respondo, sonrío y me pongo de pie sin poder ocultar mis ganas… de él.


Me siento tan congelado y tan abatido por el tiempo y las soledades que quiero esto, fornicar y seguir fornicando hasta que su cuerpo no pueda más.


Llegamos en su auto (yo no tengo y no sé manejar. Soy mi propio vehículo y me he llevado al barrando muchas veces) y nos hospedamos en la habitación número 22 de un motel no tan corriente llamado Luxor. Hay jacuzzi pero no quiero agua en mi cuerpo. Quiero su cuerpo en mi cuerpo.


Entro al baño, lavo mis manos y mi cara. Desabrocho mi pantalón y desamarro las agujeras de mis zapatos. Salgo y lo miro casi desnudo, en su cama, aún porta sus boxers. Miro su cuerpo. Su cuerpo de gimnasio y sé que yo no tengo un cuerpo así. Mierda ¿qué estoy haciendo? Cuando me vea desnudo va a salir corriendo.


Sonrío y me recuesto junto a él. Lo beso y él responde al beso. Siento larvas de mariposa crecer en mi vientre. Hay química. Hay algo. Ese algo se siente bien.


“Apagaré las luces” dice entre gemidos Jorge.


“¿Eres tímido?” Pregunto.


“Hmmm. Sí. Eso.” Titubea.


Maldita mierda. No quiere ver mi cuerpo desnudo. ¿Cómo voy a coger con alguien que no puede ni ver mi cuerpo? Pero estoy tan excitado que sepulto en jadeos mis pensamientos pesimistas (y reales).


Lo dejo ser, lo dejo hacerme un papiro entre sus manos, me entrego. Voy y vengo. Lo beso. Muerde mi boca, beso su pecho, muerdo sus pezones. Gime, grita, nos acercamos al fin y repetimos el ritual por varias horas.


En la oscuridad del cuarto, mientras oigo el sonido de la hebilla de su cinturón que delata que se está poniendo los jeans, me siento como una puta. Una puta gratuita. Una puta que mendiga algo que está lejos de ser amor.


Unos minutos después, salimos del motel.


“¿Quieres beber algo en el centro? ¿Una copa de vino?” Pregunto.


“Estoy cansado y debo trabajar muy temprano mañana.” Dice, entregado al panorama mientras conduce.


Pero sé leer a las personas entre líneas aunque a veces me equivoque.


“Entiendo…” exclamo.


“¿Quieres que te lleve a tu casa?” Pregunta y sonríe levemente.


Mierda. ¿Tan malo fue lo que hicimos? Sus gritos de tigre domado dijeron lo contrario mientras mi boca… Mierda ¿por qué soy tan pesimista?


“Llévame al centro. La noche es larga.” Mi voz es un falso guerrero, caído en batalla.


Cuando llegamos al centro, desciendo del auto y lo miro a través de la ventana. Él intenta decir algo pero tartamudea, yo intento despedirme. Me mira, impasible, taciturno. Mira su reloj dejándome saber que tiene que irse y cuando pone en marcha su auto, sé que no lo volveré a ver.


Entre tanta gente deambulando me siento como una letra en un crucigrama, una letra que jamás podrá ser una sílaba.


Aún huelo a él. Quisiera llorar pero no puedo. Yo cavé mi tumba. Me merezco lo que me pasó por fácil. Sin importar los géneros o preferencias sexuales, a nadie le gusta lo que se da fácil. A la gente le gusta esforzarse por conseguir algo y yo fui algo muy parecido a un huracán. Di de mí todo, sin pensarlo, sin meditar los daños y las consecuencias.


Llego a la media noche a mi casa. Tomo una ducha. Trato de creer que todo fue un sueño. Un sudoroso y cálido sueño de verano en otoño.


Recibo un mensaje de mi amiga por Whatsapp.


“Ya hablé con Jorge. Eres un coscolino :P”


¿Qué mierda? Y dicen que los caballeros no tienen memoria.


Y ahora que me vio en línea, tengo que responder.


“Sí. Nos vimos. Nos besamos. Cogimos y para mañana nos habremos olvidado. Amiga te quiero mucho y amo que intentes emparejarme con alguien pero quizá por muy triste que suene, soy alguien que no puede tener una pareja. No soy un uno que sumado con otro se convertirá en un dos. Nací solo y tal vez así viviré hasta el último día de mi vida. Soy todo lo que tengo. Debo de dejar de necesitar. Tengo que aprender a amar lo que soy y lo que tengo.”


No recibo respuesta en los siguientes cinco minutos y apago mi teléfono.


Me duermo. Recurro a mi amnesia selectiva. Mañana todo lucirá como un hueco negro en mi memoria.


Al amanecer, tomo mi desayuno, pongo a mis patos y mis gansos en su alberca. Limpio sus corrales y me ducho. Voy a mi habitación y seco mis pies. La luz del sol entra por la ventana. El sol me toca, el sol me toca a la luz. Mira mi desnudez. El sol no me discrimina.


Entonces me enfrente al espejo. No bajo nunca la mirada. Le permito a mi cuerpo enredarse en mis miradas. Noto mis defectos descubiertos y mis anhelos despojados. Soy un ser humano. No soy diferente al resto del mundo aunque sé que soy distinto en peso, color y personalidad ¿por qué intento ser alguien que no soy? ¿Por qué me atormento con la belleza que creo no poseer?


Mi corazón late, mis pulmones respiran, mi mente piensa. Esa es toda la belleza que necesito.


Amor. Me amo aunque siempre pienso lo contrario.


Recuerdo mi frase “Tú eres el amor de tu vida”. ¿Soy el amor de mi vida? Me he sido infiel, me he herido, me he ignorado, me he mutilado, me he mentido, me he golpeado ¿Cómo podría ser el amor de mi vida si pareciera que he vivido para hacerme daño?


Escarbo en mi mente y no puedo negar que amo mi voz, amo mi forma de cantar, amo mis ideas, amo mis sentimientos, amo mi necedad, amo mi necesidad, amo mi pasión por la vida y por querer compartir lo que soy con alguien más. Entonces me doy cuenta de que no estoy buscando un complemento. No tengo complejo de café negro esperando por su Coffee-Mate. Quiero amar por el placer de hacerlo, quiero ser amado porque sé que merezco ser amado. No quiero que me den sin dar algo a cambio. Soy como una balanza y amo el equilibrio del universo. Mi vida es un torbellino y deseo que alguien más de giros como un demente conmigo. Quiero amor, busco amor, espero amor, necesito amor.


Tengo treinta años y he conocido el amor. Puedo seguir esperando por ese amor y morir ajado en la añoranza o darme un poco de ese sentimiento, incondicionalmente a pesar de mis equivocaciones, mis indiscreciones y mi escasa moral.


Después de todo, no puedo retractarme de mi subconsciente. Soy el amor de mi vida. Me amo así tal cual como soy, gramo por gramo, error por error y pulgada por pulgada. No quiero cambiar nada de mí. Soy perfecto en mis defectos. Soy feo cuando debo serlo. Soy hermoso aunque no me atreva a apreciarlo.


Vivo en un mundo hermoso. Un mundo donde aún existe amor y vida. Vivo en un mundo donde busco al amor de mi vida en habitaciones erradas. Ese amor está en mi cuarto, en mi pecho, en mis venas. Soy afortunado por haber descubierto ese amor a tiempo. Soy afortunado por ver, por no ser ciego, nunca más.


 

¿Por qué será que nuestra peor cita a ciegas es con nosotros mismos?


 



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